El 5 de octubre de 2007, Control llegó a los cines británicos. Anton Corbijn no filmó una versión pulida del mito de Ian Curtis. Su primer largometraje puso la cámara en Macclesfield, en los cuartos pequeños, los trabajos ordinarios, el matrimonio, los ensayos y los escenarios donde Joy Division empezó a convertirse en otra cosa.
Diecinueve años después, la película permanece como una de las biografías musicales más reconocibles del siglo XXI: en blanco y negro, incómoda cuando necesita serlo y con Sam Riley construyendo a Curtis desde los gestos antes que desde la imitación.
Antes de la película, Corbijn ya había visto a Joy Division de cerca
Anton Corbijn no llegó a esta historia como un director contratado para reconstruir una época. El fotógrafo neerlandés había retratado a Joy Division durante su primera etapa profesional en Inglaterra. Décadas después, esa relación visual con el grupo terminó atravesando Control: el Manchester industrial, el humo de los escenarios, los rostros recortados por la luz y una fotografía que evita embellecer el periodo.
La película fue el debut de Corbijn en el largometraje y tomó como punto de partida Touching from a Distance, las memorias de Deborah Curtis. El guion fue escrito por Matt Greenhalgh y la historia se concentra en los años que llevan a Ian desde su adolescencia y su matrimonio con Deborah hasta la formación y ascenso de Joy Division.

Ian Curtis antes del icono
Una de las decisiones que sostienen la película es presentar a Curtis antes de convertirlo en la figura congelada de las fotografías de Joy Division. Hay un joven obsesionado con la música y la literatura, un matrimonio demasiado temprano, un empleo lejos del escenario y una banda que todavía no sabe el tamaño de lo que está construyendo.
Cuando aparecen Bernard Sumner, Peter Hook y Stephen Morris, Control tampoco los trata como monumentos del post-punk. Los muestra ensayando, tocando en espacios pequeños y avanzando dentro de una escena de Manchester que estaba cambiando después de la explosión punk. Factory Records, Tony Wilson y el mánager Rob Gretton forman parte de ese ecosistema sin desplazar el centro de la historia.
Sam Riley no hizo karaoke de Ian Curtis
Sam Riley tenía una tarea especialmente ingrata: interpretar a uno de los vocalistas más imitados del rock británico sin reducirlo a su baile, su mirada o su forma de sostener el micrófono. La actuación funciona porque esos elementos están ahí, pero no son el personaje completo.
Riley y los actores que interpretaron a Joy Division tocaron los instrumentos en las escenas de concierto. Esa decisión le dio a las actuaciones una energía distinta a la de una reconstrucción basada únicamente en playback: el grupo de la película tenía que funcionar físicamente como una banda.
El blanco y negro no es decoración
Martin Ruhe, director de fotografía, y Corbijn construyeron Control en monocromo. La elección conectaba naturalmente con la iconografía que rodeó a Joy Division —incluido el trabajo fotográfico del propio Corbijn—, pero también evitó que 1970 y 1980 se convirtieran en una colección de colores y objetos de época.
Macclesfield y Manchester se sienten fríos, cotidianos y cercanos. Esa austeridad visual hace que los conciertos tengan todavía más fuerza: cuando Curtis entra al escenario, el movimiento rompe con la quietud que domina buena parte de la película.

Deborah, Annik y una historia que no cabe únicamente en Joy Division
Samantha Morton interpreta a Deborah Curtis y Alexandra Maria Lara a Annik Honoré. La película coloca las relaciones de Ian en el mismo espacio que la música y su creciente deterioro físico. Su diagnóstico de epilepsia, las crisis, la medicación y el ritmo de la banda aparecen progresivamente, sin convertirlos en un simple recurso dramático para explicar sus canciones.
Ahí está una parte importante de la vigencia de Control: Joy Division importa muchísimo, pero Corbijn no usa el catálogo como una sucesión de momentos para que el público reconozca canciones. “Transmission”, “Atmosphere”, “She’s Lost Control” o “Love Will Tear Us Apart” adquieren peso porque ya conocemos el contexto que rodea al personaje.
El tráiler de Control
Una película que modificó la imagen de Joy Division para otra generación
Para quienes llegaron a Joy Division décadas después de Unknown Pleasures y Closer, Sam Riley terminó formando parte del imaginario visual de Ian Curtis. Es una consecuencia extraña para una película biográfica: sus recreaciones han circulado tanto que algunas imágenes de Control llegan a confundirse, fuera de contexto, con fotografías de la banda original.
Pero la película también abrió una puerta hacia algo más amplio. Después de verla es difícil no querer regresar a los discos, buscar las grabaciones en vivo, las fotografías originales, Factory Records y la historia de Manchester. En ese sentido, Control funciona mejor cuando termina: deja suficiente información para entender el relato y suficientes huecos para seguir buscando.

19 años de Control
Control se estrenó cuando habían pasado 27 años de la muerte de Ian Curtis. Ahora, a 19 años de su llegada a los cines británicos, la distancia entre película e historia ya es considerable. Sin embargo, pocas biografías musicales de su época han envejecido con la misma identidad visual.
Quizá porque Corbijn conocía demasiado bien las imágenes que habían construido el mito y decidió no competir con ellas. En lugar de intentar explicar por qué Ian Curtis continúa fascinando a nuevas generaciones, filmó al hombre que existió antes de convertirse en una fotografía, una camiseta o una voz que sigue sonando décadas después.
Control no reemplaza la historia de Joy Division. Sirve como una entrada especialmente poderosa hacia ella.
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